Puedes aceptar o rechazar como otras personas te trataron, pero hasta que no sanes las heridas de tu pasado, continuarás sangrando.
Puedes cubrir la sangre que gotea con comida, alcohol, drogas, trabajo, cigarros o sexo, pero de una forma u otra asomará y teñirá tu vida.
Aceptar que no podrás cambiar nada de lo que sucedió es el primer paso para romper las ataduras.
El segundo consiste en encontrar la fuerza necesaria para abrir la herida, meter la cabeza en ella, sacar el corazón del dolor, la memoria oculta y hacer las paces con ella, por mucho que pienses que puede doler y aunque la hayas eludido durante mucho tiempo. Sólo así te liberarás del pasado.
Hasta que no seas capaz de sentir el dolor y hacerte vulnerable a él, no podrás sanar.

Guía espiritual y autora de 11 libros de desarrollo personal y espiritual.
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