En las sociedades de exceso de actividad en las que vivimos y donde la individualidad extrema es un valor en alza, resulta muy difícil desarrollar la compasión. La falta de atención, deliberada o inconsciente, diluye la empatía humana. Estamos tan preocupados con nosotros mismos, que ni siquiera nos fijamos en las necesidades ajenas.
En la Universidad de Prinnceton (EEUU) hicieron un experimento. Un grupo de seminaristas tenía que dar un corto sermón sobre la compasión ante un tribunal. La mitad debía hacerlo sobre un tema bíblico cualquiera y la otra mitad sobre la parábola del buen samaritano (el hombre que ayuda a otro necesitado ante la indiferencia de los demás). Todos estaban reunidos en una sala para escribir dicho sermón. Luego, uno por uno, iban saliendo hacia el edificio cercano donde daban dicho sermón. En el camino habían preparado a una persona en el suelo que gemía y se quejaba aparentando sufrimiento. De los 40 que pasaron delante, solo 16 se pararon para ofrecerle asistencia. Y se comprobó que no pararon más aquellos que trabajan el texto del buen samaritano, quizás porque la empatía no es un ejercicio intelectual. Y desde luego aquellos que iban justos de tiempo no se pararon, confirmando como cuando nos sentimos demasiado ocupados los demás nos importan poco, lo urgente es prioritario.

Guía espiritual y autora de 11 libros de desarrollo personal y espiritual.
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