Es curioso comprobar cómo en el interior de cada persona reside el deseo intrínseco de la unión con Todo, lo que los budistas llaman la semilla de la Budeidad y los cristianos la llama del Espíritu Santo. De alguna manera, ese impulso está siempre en nosotros desde que nacemos, por mucho que quede enterrado bajo múltiples capas de superficialidad a lo largo de la vida, y tarde o temprano nos recuerda nuestra esencia espiritual.
En alguna ocasión me han preguntado cómo llegar a ese estado al que algunas personas se refieren como “nirvana”, e incluso me han pedido ayuda para conseguir llegar a dicho estado. Me gustaría aclarar el tema hoy.
Pienso que hay gran confusión al respecto. El nirvana es el estado de conciencia de la iluminación, cuando —según explican los budistas e hinduistas— ya no es necesaria la reencarnación para seguir evolucionando, ya que se ha alcanzado la perfección. Pero en nuestra sociedad de la velocidad y los recursos de efecto milagroso e inmediato, se cree que es algo que se consigue sin mayor esfuerzo. No nos engañemos: Es un estado al que se llega solo tras eones de tiempo de trabajo interior, requiere un proceso muy largo y mucha dedicación, energía, estudio, meditación y práctica mental; Así como motivación pura hacia el altruismo y la compasión, y la necesidad de disolver el aferramiento al ego que tantos problemas nos causa.
Por lo tanto, a lo que la mayoría de los occidentales se refieren como nirvana, nada tiene que ver con lo que acabo de describir. Simplemente se confunde con un estado temporal de éxtasis o placer personal. A la iluminación precisamente se llega cuando uno se pone al servicio y se deja de identificar con los juegos del yo. Obviamente, se trata de de algo muy diferente.

Guía espiritual y autora de 11 libros de desarrollo personal y espiritual.
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